La Resiliencia

Resiliencia se puede entender como la capacidad de un ecosistema para hacer frente a las adversidades; tratar con el cambio y seguir desarrollándose.

En las plantas, la resiliencia se puede observar en el proceso de adaptación que ellas tienen según el medio donde éstas se desarrollan; fríos extremos, calor, sequía, plagas, enfermedades, entre otros. Esta adaptación se genera por una interacción entre los genes y el ambiente que se produce en el entorno de cada organismo. Las plantas tienen la manera de tomar todos los datos sensoriales que se reúnen en su vida cotidiana, integrarlos y luego responder de una manera diferente. Esta experiencia de vida, queda registrada en lo más profundo de su ser y luego es transmitida toda esa información por medio de la semilla y su cuerpo vital. Aquí es donde encontramos una verdadera adaptación para la vida.

El reino vegetal, ha ido por siglos interactuando muy de cerca con los animales para evolucionar junto al hombre en su camino, produciendo tanto los alimentos como la medicina que han ido requiriendo para su desarrollo en cada etapa de su evolución. Se han generado adaptaciones únicas a cada especie, por ej, hay plantas que se han ido asociando en la búsqueda de una mejor utilización de nutrientes y agua,  han ido produciendo flores de formas, colores y aromas únicos para atraer especies polinizantes, han generado mecanismos de defensa frente a plagas y enfermedades, han desarrollado el tacto para poder trepar, etc. Esta imagen de la evolución conjunta de las plantas, animales, y seres humanos a través de los siglos nos ayuda a expandir nuestra visión y comprensión del significado de resiliencia; la que se da por un proceso colectivo de evolución (co-evolución).

Si bien ya podemos comprender el proceso de las plantas, ahora sería interesante poder analizar el nuestro, el de los seres humanos. Nosotros también tenemos la posibilidad de formar parte de este proceso de co-evolución, sin embargo, para lograrlo necesitamos salir del individualismo, hacernos conscientes de nuestro entorno y la influencia que ejerce cada una de nuestras acciones sobre la totalidad. Sin ir más lejos, si cada vez tenemos menos agua en nuestro planeta, es imposible seguir utilizándola como si fuera un recurso de nunca acabar; si las temperaturas aumentan cada año, no se puede seguir cultivando de la misma manera y arrasando con bosques completos para hacer plantíos de monocultivos de soya, trigo, algodón, caña y maíz; si la curva de consumo y desechos va en aumento y sin descenso, el tema de los residuos es algo que realmente debemos saber gestionar. Estamos viviendo sumergidos en una individualidad que se torna cada vez más peligrosa, ya que el sistema nos ha convertido en seres que creen ser independientes, se nos educa para pensar qué, al trabajar dentro de un sistema diseñado por la industria, tendremos dinero para comprarlo todo; sin embargo, en la historia de la humanidad nunca habíamos sido más dependientes de una economía como somos al día de hoy, ni tan inconscientes del peligro que nos trae el vivir ensimismados.

Hoy se hace necesario disminuir nuestra soberbia humana donde se cree que la economía globalizada, la tecnología y la explotación de los recursos naturales son el sistema de evolución; pues estamos muy equivocados. Es necesario volver a creer en la co-evolución, ella es la única que sabrá guiarnos por un buen sendero que nos permita generar la resiliencia necesaria para seguir adelante. Y este camino no es nada nuevo, ya que así se formó la humanidad. Lo que se debe buscar ahora, con la utilización de los conocimientos y aprendizajes obtenidos por la experiencia de miles de años de historia, es rescatar y rediseñar sistemas que nos permitan crear núcleos fuertes e interconectados, pero independientes en lo más posible unos de otros. Para ello debemos comenzar por tener algún grado de participación en la producción de nuestro propio alimento de forma respetuosa, en comprender los ciclos naturales, conectarnos con la naturaleza, aprender a respetar a nuestros pares y todo lo que nos rodea, cuidar cada elemento vivo y no vivo que exista a nuestro alrededor, cambiar los patrones de consumo, educar con consciencia a nuestros hijos, trabajar en la revalorización de lo doméstico y lo cotidiano, volver a creer que el verdadero poder está en las familias, en las comunidades, en las organizaciones sociales, y por sobre todo, en el volver a vivir como parte de un todo y no como dueños del todo.

Y es por eso y por todo lo que se mueve desde el corazón, que junto a mi familia hemos decidido comenzar este viaje…